blog | 21 enero, 2002

Impuestos en una sociedad libre

ILE

El Congreso aprobó la semana pasada la ley del desagio tributario que concedió un beneficio exclusivo a empresas que no cumplieron con pagar sus impuestos. Más bien, por el otro lado, se castigó a quienes si cumplieron con pagar oportunamente sus tributos resultando comparativamente en desventaja con quienes no pagaron. Eso se llama mercantilismo; males de muchos, privilegios de pocos. Podemos librarnos de este mala práctica política haciendo menos estatista la sociedad, es decir, teniendo una sociedad libre.

Construir una sociedad libre, en cuanto a política tributaria, implica no aumentar sino disminuir los impuestos. Por supuesto que un gobierno requiere recursos para garantizar que nadie destruya los mercados, que nadie le robe a nadie y que todo funcione en buen orden. Pero si la tarea se lleva en buena forma y, sobre todo, si un gobierno se apega a los principios de una sociedad libre, la cantidad de impuestos que debe pagar cada ciudadano será mínima.

El fundamento teórico del por qué los impuestos se deben reducir, casi a cero, se basa en el principio de respeto absoluto a la propiedad privada. El sueldo de un obrero, las ganancias de un comerciante o las utilidades de un empresario son propiedad privada y, por lo tanto, no deben estar sujetas a expropiación, ni del Estado, ni de la mafia ni de nadie. Por ej., se dice “Hay que exprimir a los que más tienen”. Lo habrá escuchado usted mucho. Esa es la propuesta de aquellos envidiosos que odian a los ricos y sus empresas.

¿Qué sacrifican los ricos cuando les ponen altos impuestos?. Sus inversiones. Deben esconder la riqueza en lugar de invertirla. Esos impuestos equivalen a empresas que no se inauguran, o que no crecen, o reducen sus operaciones. Son cesantías y desempleos; y empleos directos que no se generan, e indirectos que tampoco ven la luz. Son sueldos y salarios que no se ganan; y que por tanto no adquieren bienes y servicios, que por su parte tampoco se producen.

Los ricos no se perjudican sino invierten. Pero sí las otras clases sociales. Más que un impuesto a recaudar, es un disuasivo a la inversión. Es uno de los tantos métodos antiempresas y antiempleos. Estos altos tributos también se traducen en precios más caros; porque todos los impuestos se trasladan en última instancia, hacia abajo. Impuestos para “que pague a quien más tiene” dañan al más pobre, y leyes para “proteger al más débil” a ese lesionan. Eso es demagogia, propia del estatismo. Se necesitan políticos de primera categoría, y de derecha, pero liberales, para detener el estatismo que empobrece a la gente y  destruye la iniciativa empresarial.

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