blog | 16 enero, 2003

La búsqueda de empleo

ILE

En el seno de la familia se nos enseña que el Perú es un país de grandes recursos y riquezas.

Vemos que cada año cientos de miles jóvenes salen a buscar un empleo, luego de terminar algún estudio.

Unos eligen por emigrar al extranjero en busca de nuevos horizontes, algunos pocos privilegiados logran colocarse en el campo que dominan, muchos más se emplean en lo que pueden y una gran mayoría simplemente no encuentra empleo dependiente.

Más de un joven descorazonado se habrá preguntado: ¿Dónde está esa riqueza que nos enseñaron nuestros padres?.

Desde hace 30 años que el Estado todopoderoso ha propiciado efectos perniciosos en el entorno económico que ha derivado en menores niveles de inversión privada.

Se entorpece así al libre mercado crear con todo vigor mayores empleos.

Por otro lado, la mala orientación del gasto del gobierno en una empleocracia estéril, ha desviado recursos que podrían haber servido primeramente para mejorar la administración de justicia y seguridad, antes de haberlo ejecutado en gastos en educación, salud, agricultura, infraestructura, cultura, entre otros, con sus consecuentes desincentivos a la inversión privada extranjera y nacional.

Hay entonces un responsable, que aún se mantiene impune, ese gran culpable se llama Gobierno.

Aunque a veces por desconocimiento echan la culpa al mercado, cuando por ejemplo, un obrero o un profesional, no logra conseguir emplearse.

Si no hay empleo, no hay ingresos y si no hay ingresos se corre el peligro de morir de hambre, queda entonces la posibilidad de ser empresario informal por necesidad– con mucha suerte y un poco de capital.

Si bien es cierto que existe una abundante mano de obra, también es cierto que la calificación de los trabajadores es bastante baja, impidiendo una elevada productividad empresarial y mayores oferta de bienes y servicios.

Por otro lado, los magros sueldos son el reflejo de las bajas valoraciones del mercado; poca demanda y abundante oferta laboral.

Aunado a ello, este mercado presenta rigideces como la estabilidad laboral, que impide mejores sueldos y que frena la capacitación de personal.

En este campo, el gobierno ha demostrado su ineficiencia al no haber profundizado la liberalización de los mercados, en especial, el laboral.

¿Que debemos entender?. Pues bien, si queremos un país de empresarios competitivos con empleados bien remunerados, hay que sembrar la semilla de la empresarialidad.

Es necesario que se comprendan que mientras menos intervención ejerza un gobierno en las actividades económicas, mejores posibilidades y oportunidades de ganancia tendrán los empresarios para crear masivamente empleos.

Bajo un sistema de libre empresa, un joven cualquiera buscará obtener un empleo donde se supone va a ganar más.

Asimismo el empresario orientará su producción o servicio donde cree que hay mayores valoraciones de parte del consumidor.

Por ende, el empresario estará sometido indirectamente a la supremacía del consumidor, cuando desatiende sus deseos – como la no satisfacción de un bien o servicio – se verá penalizado con la caída en sus ventas, en su producción, en el número de empleos, en el nivel de salarios y en consecuencia, lo llevará a una inevitable salida del mercado.

Hay que volver de ello una mística.

Si no atendemos al soberano consumidor, y nos encerramos en la falacia de «mas producción, mas ventas, mas ingresos, sin importar el consumo» pues será inevitable que cualquier empresa privada genere desempleo.

Si queremos un país de empresarios libres, perspicaces, que satisfagan las necesidades potenciales de los consumidores, y con una aceptable tasa de desempleo es mejor leer lo que escribe Ludwig von Mises sobre el particular:

«El hombre deviene en empresario sabiendo aprovechar oportunidades y llenando vacíos. El certero juicio, la previsión y la energía que la función empresarial requiere no se consiguen en las aulas. Muchos grandes empresarios, juzgados a la luz de eruditos nones académicos, son personas incultas. Tal rusticidad, sin embargo, no les impide cumplir puntualmente su específica función social, la de acomodar la producción a la más urgente demanda.»

 

Por José Luis Tapia, Presidente del Instituto de Libre Empresa (ILE)

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