blog | 11 julio, 2001

La Escuela Austriaca y el libre mercado

ILE

Una de las escuelas que mejor ha fundamentado el libre mercado y redefinido el rol del empresario como descubridor de beneficios, es la Escuela Austriaca de Economía. Ha proporcionado a los economistas liberales, sólidos argumentos económicos y políticos que disminuyen el poder del Estado sobre el sector privado. Sus precursores modernos son Ludwig von Mises, el Premio Nobel de Economía Friedrich A. Hayek e Israel M. Kirzner, este último estuvo por Lima, en mayo de 1998, invitado por la Escuela de Economía de la Universidad Ricardo Palma.

A la luz de la popularidad de las ideas liberales de la Escuela Monetarista del Premio Nobel Milton Friedman, la de “Law and Economics” del Premio Nobel Ronal Coase y de la Elección Pública (Public Choice) del Premio Nobel James Buchanan, los exponentes de la escuela austriaca han evidenciado que éstas no explican satisfactoriamente por qué y cómo funciona el mercado, y prescriben intervenciones estatales injustificadas.

Los economistas austriacos sostienen que el mercado es un orden espontáneo creado por el accionar de millones de individuos, sin dirección centralizada, donde los precios son expresiones de los valores que se descubren e intercambian en un proceso de competencia. Añaden, que la información y las preferencias que gobiernan el mercado, son subjetivas, dispersas, y no formalizables, que no pueden ser percibidas por el planificador o burócrata.

A manera de ejemplo, las estadisticas y matemáticas no pueden obtener por medio de sus ecuaciones u operaciones algebraícas, la fórmula que garantice que cualquiera de nosotros pueda tener éxito en el mercado. Depende mucho del olfato y la perspicacia empresarial como ingredientes hacia el éxito. Menos aún, las universidades no producen empresarios son los estudiantes quienes tienen que experimentar los avatares del mercado para desarrollar sus habilidades empresariales. El 90% de los conocimientos que dominan el mundo no son formales, en otras palabras,  el 10% de los conocimientos en el mundo son conocimientos científicos que se imparten en las universidades y el resto son conocimientos vulgares creados por el mercado pero valiosos para la asignación eficiente de recursos.

Las implicancias de política económica derivados de los descubrimientos de los economistas austriacos, echan por la borda cualquier intento satisfactorio de controlar o regular la economía en sus variadas formas. El control político más extremo sobre el mercado fue el socialismo con su planificación centralizada, que consistió en dar órdenes a los empresarios y consumidores cuánto producir y consumir, basado en los resultados arrojados por sus modelos económicos y econométricos de largo plazo; pasando por alto las preferencias y decisiones individuales que existen en el mercado. La historia le dió la razón a Mises, fue quien en 1929 anticipó el fracaso del socialismo al escribir su pieza maestra “El Cálculo Económico en una Sociedad Socialista”. En la actualidad, el más moderado de los socialismos sostiene que hay que corregir las fallas del mercado, y que por lo tanto, son necesarios las regulaciones desde burocracias gubernativas.

Kirzner, discípulo de Mises, da una respuesta al argumento de las supuestas “fallas” del mercado con un enfoque dinámico de la empresarialidad. El empresario no es un maximizador de beneficios dotado de información completa del mercado reducido al papel de combinador de recursos tal como lo difunde las escuelas antes mencionadas. El empresario en el mercado libre identifica las oportunidades de ganancias, y actúa en consecuencia para aprovecharlas. En otras palabras, las supuestas “fallas” de mercado sólo serían oportunidades de ganancias aún no descubiertas por algún empresario.

El enfoque de Kizner explica que las “fallas” del mercado, como sería la aparición de los monopolios y sus prácticas anticompetitivas, son en realidad síntomas de una vigorosa competencia y no de una “frágil flor que reclama protección”. El concepto de competencia perfecta, tan difundido en las universidades y el sector público, idealiza a la competencia como una situación en que nadie influye en el precio, todos poseen información y no hay tal cosa como el empresario innovador. La burocracia está –dicen- para corregir lo que no se ve en el mercado, es decir,  llevarlo a ese estado ideal.

Sin embargo, nada garantiza que una empresa estando sola en el mercado, aún con gran poder económico, pueda no cometer errores; la sola posesión de los recursos financieros, tecnológicos y humanos no es un beneficio ya conseguido en el mercado, sino que es necesario el descubrimiento y aprovechamiento de las oportunidades de ganancias aún no descubiertas por el empresario. Por otro lado, lo que tal vez parece ser una “falla” para los ojos del regulador o burócrata, es más bien un paso necesario en el proceso de descubrimiento de conocimientos empresariales necesarios para la solución de tal “falla” en el mercado. Como se había escrito lineas arriba, la información que se halla dispersa en el mercado, no permitiría dictar al burócrata medidas flexibles y preliminares, sujetas a las innovaciones y correcciones que produce el mercado, sino más bien, el Gobierno, crea costos de transacción producto de fallas de su gestión.

En conclusion, una interpretación del mercado respaldada por la teoría austriaca del mercado y de la empresarialidad, proporciona fundamentos sólidos para rechazar cualquier tipo de planificación o regulación por parte del gobierno. Sí nos atreviéramos a formular alguna propuesta creadora de riqueza en el Perú, sería que el gobierno deje libre al mercado y, que sólo se dedique a proveer –al menos por ahora-  justicia y seguridad.

Por José Luis Tapia, Director de ILE. www.josetapia.pe

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