blog | 30 julio, 2003

Libertad antes que democracia

ILE

Muchos sedicentes intelectuales no saben si Alberto Fujimori fue un dictador neoliberal o un caudillo populista, y dudan si el Presidente Toledo es un liberal preocupado de la pobreza o un socialista como Tony Blair.

La mayoría de los (pocos) intelectuales serios está confundida.

Toma por luchas libertarias, las movilizaciones contra el Estado encabezados por distintos partidos y frentes amplios; no sabe distinguirlas porque carece de los criterios apropiados.

Una lucha es por la libertad si y sólo si al menos alguno de los contendientes en pugna la quiere.

Pero precisamente hoy nadie quiere libertad -las gentes ni la conocen-, menos aún las diversas y variopintas facciones políticas, cualesquiera sean sus colores partidistas.

Y aunque sean demócratas o democráticas.

Por cierto, donde algunos intelectuales andan muy pero muy despistados es en el tema de la democracia (Gobierno mayoritario), que confunden con el liberalismo (Gobierno limitado).

La democracia no es la mejor forma de Gobierno; quizá ni siquiera sea la “menos mala”.

Y no equivale a libertad. Todo lo contrario. Por eso hay que aclarar.

La doctrina de la democracia consiste, por un lado, en decisiones por mayoría de votos, y por el otro, sufragio universal para toda persona, y para cualquier decisión, sin restricciones.

Eso es todo. No hay nada más en la democracia. No hay libertad. Por eso los liberales no adoramos la democracia.

Sin embargo, en su desbordada imaginación, los demócratas conciben muchos otros fines y contenidos para la democracia, por lo general centrados en la igualdad, y redistribución de la riqueza.

Pero los liberales somos individualistas, y por eso no somos igualitarios: la igualdad no es en principio un valor, excepto en el tratamiento legal, especialmente en los tres derechos básicos -vida, libertad y propiedad-, que como deben ser para todas las personas sin excepción, resulta así de hecho una igualdad.

Pese a que todos los partidos y movimientos políticos tienen como ideario central la democracia, los hechos tercos prueban que la democracia en sí misma tiende a degenerar en dictadura de un caudillo o grupo igualitarista (“redistribucionista”), impuesto y apoyado por la mayoría como fueron los tristemente célebres Alberto Fujimori y Alan García.

Sin límites, la mayoría tiende a ser tiránica y esclavizante.

Eso está en la Biblia pero la mayoría no lo sabemos.

Por ello quienes amamos la libertad le establecemos límites y restricciones protectoras no sólo al Gobierno sino al sufragio.

Si a Ud. le parece muy dura la democracia limitada, piense que la alternativa es el vandalismo salvaje: una salida desde la civilización, un retorno al primitivismo.

Porque sin límites, la democracia degenera: primero, en un sistema de privilegios empresariales y políticos otorgados desde el Estado, y segundo, en anarquía: la ley del más fuerte.

Por eso hay que hacer deslindes entre liberalismo y democracia.

En mi opinión la democracia mató al liberalismo en el Perú.

Más democracia equivale a menos libertad.

Por eso la lucha de un liberal por la democracia es suicidio político.

No debe admitir cualquier doctrina política por más democracia que se mencione.

El liberalismo tiene la suya propia, que es el Gobierno limitado al mínimo -a sus tres funciones propias: represiva, judicial y de obras genuinamente públicas-, aún siendo democrático.

Por democrático que sea, un Gobierno limitado no se arroga funciones directivas en la economía, la educación o la salud, etc., ni la propiedad de establecimientos dedicados a servicios en estos campos.

De allí que gaste poco y no se endeude. Y la corrupción quede en niveles mínimos.

Junto al de Gobierno limitado, el liberalismo reconoce otros dos principios: mercados libres, e instituciones autónomas del poder y la política.

La causa liberal debe ser cuidadosamente aclarada y despejada si los liberales queremos mostrar a los demás la senda para salir de la pobreza y el desorden reinante en el Perú.

Eso nos va permitir tener un partido liberal. Siempre y cuando no se nos cruce en el camino un demócrata, y confunda más las cosas y enrede democracia con libertad.©

Por José Luis Tapia, Presidente del Instituto de Libre Empresa.

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